jueves, 16 de abril de 2015

EL CIEGO DEL CAMINO

 

El ver no es obstáculo para identificar, ni para caminar, ni para hablar, ni para compartir, ni para comunicar.

Mientras el caballo y los pies eran los únicos medios para trasladarse de un lugar a otro y los caminos reales pertenecían al rey, por muchos años vi llegar de oriente, guiado por un perro y caminando seguro con su bordón por los potreros del frente de la Esperanza, un hombre alto como una vara y delgado como un chamizo, con mentón salido como un estribo, con cuevas en los ojos vigilando la nariz que semejaban acantilados, con dentadura perfecta y hablar a ráfagas.

Aparecía después de la hora del piquete y se sentaba debajo de un viejo y florecido clavellino sobre un abandonado pedazo de tronco al margen izquierdo del camino que unía a la Estación del tren de Providencia con Peña Blanca, una vereda en donde la reina es la papa.

Llegaba a hacer su trabajo ordenado por la madre  y uno de los hermanos que cuidó de él, mientras fue huésped en esas hermosas praderas colmadas de arrayanes y payos. Su hobby lo ejerció cada lunes hasta que la carretera y los carros dieron sepultura a la economía de numerosas familias que derivaban parte del sustento ofertando viandas y hospedaje a los comerciantes que intercambiaban los productos de la tierra y las artesanía en barro que se cargaban en recuas desde Ráquira hasta Puente Nacional.

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Ese hombre largo y enjuto era Martín, el ciego.

Tenía la virtud de identificar a las personas por la voz, una vez supiera el nombre. No me miraba, pero me penetraba con los ojos de su alma. No fue a la escuela, pero me narró muchas historias en las que viajé guiado por su ceguera.

No pedía limosna para vivir, sino como un recurso para relacionarse con los caminantes y vecinos. No fue catequizado por autorizado del cura pero sabía todas las oraciones de sus mayores, y las que no, las inventaba.

La muerte de Martín fue lenta. Lo fue matando la aparición de los carros y la estocada final para irse con la luz, fue el no regreso del tren a Barbosa, Santander. Con ellos se fueron los comerciantes y transeúntes del camino y la clavellina no volvió a florecer, fue derribado por el buldócer que convirtió el camino real en carretera.

Martín nació ciego en una familia de nueve hermanos. Y desde entonces en los lasos de sangre de las generaciones posteriores, silenciosamente como fue su existencia, la tara ha venido apareciendo con diferente cara, pero a diferencia de Úrsula y José Arcadio en Cien años de soledad, la unión entre primos no ha mostrado en los hijos la cola de higuana.

Miguel Ramón González Martínez, un psicólogo colombiano, escribió recientemente en facebook : “Tan lejos, tan cerca”. Los conflictos y traumas vividos por nuestros antepasados, de al menos tres generaciones anteriores a la nuestra, se manifiestan en algún miembro del grupo familiar. Ese conflicto o trauma, cuando se resuelve, sana a todo el sistema familiar implicado.

El asunto es con qué recursos u apoyos se logra la sanación?.

Recientemente leí un libro titulado “La ventana de tu alma”. En él, la autora que cree en la reencarnación,  plantea que existe una programación prenatal; es decir, que cada uno, antes de venir a este mundo, hemos programado la familia en donde nacemos, nuestros valores y nuestros sufrimientos y enfermedades, y, en consecuencia, nada sucede porque si.

Por lo observado en mi existencia, el psicólogo tiene razón. “Los conflictos y traumas vividos por nuestros antepasados, de al menos tres generaciones anteriores a la nuestra, se manifiestan en algún miembro del grupo familiar”.

 

  • Por favor deje su opinión en el blog. Esa opinión ayuda a plasmar en textos, historias sin contar.

 

 

Enero 2 de 2015

sábado, 11 de abril de 2015

“MI PADRE NOS ABANDONÓ Y MI PADRASTRO HA DAÑANDO MI NIÑEZ”.

 

En un ejercicio de composición en clase una alumna del grado noveno plasmó en una hoja esta dolorosa historia la cual público con otro nombre, aunque al hacerlo no cambia la suerte de tantas niñas y niños que sufren similar violencia, no solo física sino psicológica.

Alejandra Mondragón O. es una niña de unos trece años, de cara fina pero atractiva, goza de un cuerpo escultural, de una sonrisa muy tierna y tiene el aprecio y admiración de los chicos del salón, pero ella, en su andar taciturno, muestra en sus ojos tristes el drama de tantas niñas que, pudiendo ser buenas estudiantes, tienen la autoestima por los zapatos, que nos permite verse y comprobar que uno no se puede ahogar en su misma amargura.  Su historia dejada en una hoja de un cuaderno para ser evaluada en redacción y ortografía, confiesa:

“Mi padre, quien nos abandonó siendo yo muy niña, llegaba frecuentemente a casa a pegarle a mi madre, mientras junto con mis hermanos mayores contemplábamos impávidos escenas grotescas de golpes y más golpes, sin comprender las causas de inmerecido castigo.

Mi madre acordó con mi padre que se fuera de casa para evitar tanta violencia, pero su marcha, no mejoró mi vida, pues mis hermanos se han ido del hogar a buscar vida, mientras por ser la menor de la casa he sido testiga nuevamente de escenas de violencia, ahora no de mi padre, sino de mi padrastro que se ha empeñado en dañar mi niñez.

Desde que recuerdo, no he pasado un primer cumpleaños feliz. Ese día la violencia psicológica de mi padrastro es mayor con palabras arruinando el festejo que con tanto amor ha intentado hacerme mi madre.

Ante mis compañeros del Colegio, sonrío permanentemente y pongo caras de felicidad en momentos diferentes, pero mi corazón se achichara con los años y la tristeza es ahora mi compañía.

Hay momentos que nace en mí la envidia pues muchas de mis compañeras cuentan que gozan de un padre amoroso y comprensivo con sus hijos y narran recuerdos lindos de sus progenitores, mientras que los míos son retazos de malos del pasado.

Ahora mi madre se ha separado de nuevo, trabajamos muy duro haciendo dulce y vendiendo almuerzos, y en medio de las necesidades intentamos ser menos tristes y un poco más felices.

Hoy intento superar el dolor cultivando mis sueños; pues el profe el español insiste en clases que mientras uno no se desahogue y construya nuevos imaginarios, se perdone y perdone, y los malos recuerdos no los deposite en el baúl del olvido, una no puede romper esa espiral de violencia en que nacimos y crecimos. Por eso hoy estudio con muchas necesidades pero con empeño en lograr ser una mujer con conocimientos que pueda elegir algún día una pareja y no tener que irme con alguien por necesidad alimentaria”.

Este es un ejemplo de tantas historias vivientes que pululan en las aulas de los colegios públicos. Pero la mayoría de ellas, se quedan en el silencio y el resentimiento de las victimas.

 Destruir la autoestima de una persona sistemáticamente mediante críticas, desprecios, abandono o insultos; también son formas de violencia. No cabe duda de que a veces los golpes al espíritu son mucho más dañinos que los golpes al cuerpo y dejan heridas más profundas.

Nos corresponde a todos aprender la tolerancia, controlar nuestros arrebatos, ser sensato en nuestros procederes, amar sin condiciones, y extirpar toda acción violenta, no solo física, sino la psicológica que hace más daño en la vida de los seres que nos dan alegría existencial.

Igualmente nos corresponde denunciar los abusos contra la población mas vulnerable, la niñez, pues ellos, son el reflejo de la sociedad en que los levantemos.

 

Posdata:

AGRADEZCO A LOS LECTORES DE MIS HISTORIAS. CON SUS COMENTARIOS ME INSTAN A MEJORAR Y SEGUIR ESCRIBIENDO.

viernes, 27 de marzo de 2015

CITEO CUCHARAS, el del rostro con tristeza infinita.


Un ejemplo de responsabilidad paternal


Hubo una vez un viejo que levantó su familia con maíz, la talla a mano de cucharas en naranjo y con implorar caridad en los centros de peregrinación promovidos en la región por los frailes dominicos.


Cinco mujeres y un varón fueron sus obligaciones, quienes nunca se avergonzaron del viejo. Era de mediana estatura, con cara en forma de grano de maíz y tez como el maíz tostado. Cubría la cabeza con sombrero de fieltro con ala tan corta como las alas de un avacado. Sus ojos azabaches  que se perdían entre las arrugas, iluminaban la tristeza  su rostro cuando saltaba taciturno usando las tres patas entre piedras, barrancos y pichales del empinado camino real que usó siempre para llegar a su casa.

 

Siempre vistió de paño negro, gris o caqui. Portaba con hidalguía el saco de paño con corte de la época que hacía juego con el pantalón también de paño a rayas. Del saco con mangas cortas sobresalía siempre el puño de la camisa tejida en algodón virgen. Y despuntaba, por debajo de las mangas del pantalón, siempre arremangado, el calzoncillo largo de amarrar al dedo grande del pie que resaltaba sobre la vestimenta de colores pesarosos, el limpio color de los copos de algodón.

 

Tenía tres patas. Dos pies insignificantes y una pata terminada en punta de hierro. En el pie derecho siempre le vi un aseado alpargate con suela de cuero confeccionado en el Socorro que amarraba con cinta negra de seda; mientras que el pie izquierdo se escondía bajo un paño blanco que cubría la gasa que siempre protegía la extremidad desde el dedo meñique hasta mas arriba de la rodilla. Su extremidad izquierda siempre cuidó de no tocar la tierra, la cual doblaba como escuadra hacia tras, que al verlo de perfil, semejaba un pisco con tres patas.

 

Mientras que la pata que le servía de palanca, de apoyo, de defensa, la había confeccionado él mismo con palos de naranjo que lijó con pedazos de vidrio de las botellas que rompían los borrachos que en las tiendas de vereda se burlaban del viejo, cuando silencioso y pausado, trepaba o se descolgaba por el azaroso camino de su existencia llevando siempre su su giba de los años,   una preterita mochila tejida en fique en el tiempo de matusalén.

 

Pero esta pata tenía una particularidad. Particularidad que otros le temían. La muleta estaba ensamblada por él mismo en un pedazo de tubo de 3/4 de pulgada que la hacía resistente al uso y se convertía en arma de defensa cuando los mayores, siempre burlones y ofensivos, despectivamente desafiaban al viejo, a correr para hacerlo tropezar y oírlo quejar del dolor que sentía su pie de escuadra al golpearse contra las piedras del pedregoso camino de su existencia.

 

Siendo niño, el viejo no fue bautizado con nombre bíblico como los demás de la comarca, pero su humanidad tenía la agilidad del Chirlomirlo, ave de corto vuelo que abundaba en el humedal que Dios le prodigó muy cerca al rancho para que no tuviera que traer el agua desde lejos. Lo bautizaron con un nombre sin significado, tal vez para que nadie le recordara.

 

Citeo fue su nombre. Nombre que recuerdo con afecto y admiración  porque siendo niño nos permitió soñar y reconocer que el burlarse de los demás hace mas daño que los garrotazos de la pata de palo de Citeo.


Citeo caminó  sus ultimas décadas en muletas. Había perdido una extremidad hasta la rodilla por causa no precisa.

 

Unos decían que le habían picado el rastro. Otros que le habían amputado un pie por comer dulce de niño. Lo único cierto es que era un viejo cojo con un rostro de tristeza infinita y con unos diminutos ojos que solo brillaban cuando se encontraba con los niños que no lo ofendían en el camino de su existencia.

 

Iba de finca en finca buscando palos sarazos de naranjos viejos que imploraba que le regalaran, a cambio de una docena de cucharas como contraprestación. Tallaba, con sus callosas y arrugadas manos, las cucharas y cucharones de palo de naranjo, usando pedazos de cuchillos y de vidrio.


Los lunes en Puente Nacional, los martes en Saboyá, los miércoles en Chiquinquirá, Citeo ofrecía en el marcado sus cucharas y cucharones.

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Y en las fiestas del Señor de Los Milagros, en Guavatá; la fiesta la Virgen del Carmen, en Leiva y el 24 de diciembre en Chiquinquirá, Citeo se convertía en limosnero; pero en el mes previo a las fiestas de San  Juan y San Pedro, era quien proveía a las tiendas de vereda, los mayores para jugar a las apuestas y a las casitas , las maras  y canicas para jugar competiendo., tanto adultos, viejos jóvenes y  niños.

 

 

Los eneros vendía lápices y lapiceros. Los abriles vendía  cocas. Los junios, los mararayes y canicas. Los agostos, las cometas.  Los octubres, los trompos y en los diciembres, los pitos, las maracas y folletos con villancicos.

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Citeo bajaba por el camino con su capotera tejida en fique llena de cucharas, y cuando subía de regreso a casa,  la mochila iba cargada de maíz blanco blandito. Materia prima que su esposa e hijas usaban para hacer amasijos, hoy llamados colaciones que vendían sus hijas en la estación cuando los trenes trepaban  o descolgaban por las montañas, dejando con el humo que emanaban las locomotoras, una oración que subía al cielo en forma de tornado, y con su pitar, el revoleteo de las aves.

 

Citeo murió de tristeza una noche fría y lluviosa de mayo de 1976 cuando el tren no regreso.

 

No pudo  volver a vender sus cucharas ni a traer maíz para los amasijos. La hijas de Citeo fueron las primeras en emigrar, luego los demás jóvenes de las familias que derivaban el sustento con las ventas en las estaciones del tren, tanto en Santander como en Boyacá, generándose el segundo desplazamiento del campo a la capital luego de la guerra entre godos y liberales.

 

Y desde entonces, los desplazamientos se han originado por ausencia del Estado o por culpa de él, pues el tren era un servicio publico que propició desarrollo y al suspenderlo, trajo ostracismo y marginación en los campos por donde se paseaba orondo facilitando los sueños de quienes todos los días veíamos trepar o desprenderse cual cien patas por los montes y valles de Colombia.

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Las hijas de Citeo se desplazaron  a Bogotá, el nido de desplazados de Colombia. Allí, guerreando en las ventas lograron formar y sacar adelante a sus familias ejerciendo, inicialmente el comercio informal, y ahora pagando impuesto a un Estado ajeno a los habitantes del campo que siempre han sido las victimas de la displicencia y avaricia de quienes ostentan el poder.

 

Desde entonces busco cucharitas de palo de naranjo en las plazas de mercado para recordarle a mis hijos que en Colombia, hay millones de pobres que viven dignamente con sus hijos con el producto de labores humildes pero bellas.

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Si esta historia le ha causado alguna emoción, agradezco deje su comentario en el blog y exprese su reacción en una de las opciones que aparece a continuación.

lunes, 23 de marzo de 2015

Los amasijos de Ana Elvia

 

 

"Como ya es usual, detrás de cada idiota siempre hay una gran mujer". John Lenon.

Tuvo seis hijos y sigue siendo señorita. El padre de sus hijos nunca los reconoció, pero murió a la merced del hijo mayor de Elvia. No tuvo tierra, ni casa pero vio de sus padres. No tuvo esposo que le ayudara a levantar a sus hijos, pero si, un par de canastos en los que vendía amasijos que cada tarde amasaba para ofrecer al otro día en cada tren que subía o bajaba por la estación de Providencia. Tampoco tuvo en sus haberes, vacas, pero fabricaba deliciosas almojábanas, y en las escasas dos hectáreas de sus padres florecía sementaras para alimentar a más personas de la familia.

Bajaba sin descanso en las mañanas por el mismo camino a la estación. Siempre erguida cual jirafa llevando en cada mano sus canastos cargados de amasijos. Negros eran sus vestidos como su abandono marital. Delgado es su cuerpo de color igual al de las tejas de barro de la casa de adobe construida con esmero y paciencia por sus mayores a la vera derecha del camino que desde Puente Nacional trepa a las tierras frías de la misma jurisdicción pasando por Quebrada negra vía a Santa Sofía en Boyacá.

Ana Elvia es su nombre y Beltrán su apellido. El mismo que tiene sus hijos que desde muy jóvenes debieron rebuscarse la vida con la bendición que los dos mayores fueron varones que ayudaron a cuidar, no solo a Ana Elvia y a sus padres, sino a las simpáticas hermanas volantonas que tenían en casa el oficio de moler el maíz y recoger la leña en los potreros de las parcelas vecinas para hornear los amasijos.

Los amasijos puentanos son a base de harina de maíz amasados con mantequilla de vaca y una pizca de sal, sin polvo de hornear y sin saborizantes. Se hornean con bajo calor luego de las almojábanas. Los lunes en la plaza de marcado son ofertados por mujeres campesinas encargadas de fabricar con sus manos, además de los amasijos y almojábanas, las arepas, las galletas, el ponqué y la mantecada, que en sabor y suavidad, no tiene que envidiarle a Ramo. Los amasijos y demás son las golosinas autóctonas de esta tierra del torbellino y el requinto en la que ningún emprendedor los ha industrializado aun.

Alfonso Pardo fue el padre de los hijos de Ana Elvia, un apasionado anapista que improvisaba sus discursos pronunciándolos desde una mesa. Siempre vestía de pantalón negro de paño y camisa blanca de manga larga. Usaba sombrero gris de ala corta y revolver trinquete al cinto. Recorría los caminos en un caballo blanco. Vivía solo y hacia todos los oficios de la casa, desde ordeñar y sembrar pasto hasta lavar y cocinar sus alimentos. Hacía en secreto los quesos de hoja, que por su textura, color y sabor, tenían un costo mayor y solo se vendían en tiendas de conservadores en el Puente Real de Vélez.

Nunca fue visto en la casa donde crecieron sus hijos. Ellos no sintieron el calor de sus manos ni el abrazo de un padre, incluso el saludo fue negado muchas veces y el regalo común fue el desprecio.

Alfonso fue un reconocido orador de la provincia de Vélez que defendió las ideas del General Rojas Pinilla en la plaza pública. Murió a la merced del hijo mayor, quien lo recogió y cuidó los últimos años de vida en Barranquilla.

El amor que Ana Elvia brindó a sus hijos fue suficiente para que ellos hoy cuiden de ella, igual que Guillermo Beltrán, el hijo mayor, veló por sus hermanas. Guillermo se hizo a pulso. Trabajó desde niño, y cuando alcanzó la pubertad alcanzó su sueño de ser policía, y aunque no vivió con el padre, aprendió de él a cubrirse con la sombra de un buen árbol.

Fue muy amigo de comandantes y generales, logrando cosechar un patrimonio que triplica el número de reses que pastan en los potreros del municipio de Puente Nacional, pueblo al que regresa en cada navidad cargado de regalos para los niños que aún viven en cinco veredas en que él recorrió de niño jornaleando para ayudar con el pan para la hogar.

La señorita Ana Elvia regresa a su casa de campo cada vez que la trae alguno de sus hijos. Tiene alientos para alcanzar el siglo, gracias al positivismo que siempre mostró ante las dificultades de la vida, gracias al empeño y al amor conque hacia sus amasijos.

Colombia está poblada de Anas Elvias, personas anónimas que nunca serán noticia, pero con el tesón de una madre y padre a la vez, aportan ciudadanos trabajadores al país poblado cada vez más por hijos con padres como Alfonso.

NAURO WALDO TORRES QUINTERO

San Gil, diciembre 18 de 2014

 

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domingo, 15 de marzo de 2015

Las brujas y los hechiceros… que las hay, los hay.

Testimonios en vídeos y relatos.

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Posaban, unas veces en el estoraque, otras en el galapo que daban sombra a la vivienda, pero era mas usual en las palmas de caña de azúcar que servían de techo en el rancho de bareque pintado en la ladera de la cima mas alta del predio la Vega en la que se cultivaba café, la yuca, el plátano, el aguacate y los cítricos.

Aparecían en luna nueva o en luna llena cuando el silencio invadía la oscuridad de la noche. Entre las seis y las ocho del tiempo del descanso obligatorio, cuando sentados alrededor del figón escuchando relatos del dueño de la finca. Quien se percataba siempre del revoleteo de un ave del tamaño de una pisca.

Antes de continuar leyendo esta historia, invito a acceder a yoube y acceder a los siguientes links o buscar vídeos de brujas reales.

https://www.youtube.com/watch?v=IyF_mQHvHkw

https://www.youtube.com/watch?v=nnmEN66crgM

https://www.youtube.com/watch?v=wGTEO3PYK_U

El suspenso y la expectativa iniciaba con el silencio del narrador de cuentos que invocaba a los presentes, jóvenes recogedores de café, a agudizar el oído para escuchar la misma respiración.

Entre mas uno se concentraba en escuchar, se empezaba a oír el aleteo entre murmullos y risas de voces femeninas. Una vez los presentes se percataban de la presencia cercana de la bruja o brujas, el narrador de historias sacaba de la oscuridad dos machetes o dos cuchillos y disponiéndolos en cruz, saltaba, sin miedo y decisión a la mitad del reducido patio del rancho, –¡y gritaba¡. ¡Gritaba a todo pulmón¡: En nombre de Dios, brujas hija de putas, váyanse a los mismos infiernos, mientras friccionaba con sus fuertes manos las hojas de los metales produciendo un tintineo que asustaba hasta  las mismas brujas que volaban perdiéndose en la noche de relatos en la espesa noche oscura.

EL JOVEN QUE FUE TRASTEADO POR UNA BRUJA.

Melciades era su nombre. Provenía de una vereda de Mogotes y estaba encargado de cuidar una finca cañera que tenía como patrimonio un viejo trapiche para extraer miel con la que se endulzaba el guarapo que consumían los cultivadores de papa en las tierras de Boyacá.

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Un domingo de luna llena retornaba de la tienda veredal con una arroba de papa a la espalda y con unas cuantas bavarias subidas a  la cabeza. Venía tonteando por el camino acompañando el paso con sus cantos rancheros propios de varones sin amores.

Ya había adelantado media legua de la tanta que estaba el viejo trapiche, cuando sintió un fuerte viento en el rostro que lo dejó crispado del susto y helado del miedo. Cuando se percató de nuevo, estaba en una cueva distante de su aposento dos leguas que retomó al amanecer para empezar la jornada de la semana. Regresó al trapiche con la ropa hecha harapos, las piernas y brazos arañados y untado de barro como si se hubiese revolcado en un pantano. El mismo me contó que las brujas le habían dado un paseo en una escoba y le habían producido moretones en el cuerpo.

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LOS CAMPESINOS QUE FUERON REGRESADOS EN EL CAMINO

Salvador Lancheros murió de viejo como los arrayanes cuando sumaba su cedula los ochenta años. Fue el último pesero de ganado mayor en Providencia, corregimiento de Puente Nacional. Rito Contreras fue su ayudante por muchos años, ayudante también en el sacrificio de marranos. Contreras raya los 75 años y vive de la soledad y el cultivo de yuca y de la molida de maíz para hacer envueltos que su tierna esposa con cáncer  vende cada lunes en el mercado de la misma municipalidad.

Un día de mercado retornaban a casa por el tortuoso camino de herradura sobre el crepúsculo y la luz de las estrellas de un lunes de luna llena.  A paso largo y conversando ascendían por la vereda, para sus casas, en los que a cada uno les esperaba la esposa con una mazamorra de maíz tostado con tallos y escasa papita blanca.

De sus caras canelas y las arrugas de los años, caía como gotas de rocío, el sudor con olor a guarapo. Sus camisas blancas de hilo tejido en la empresa de los López en San José de Suiata, ya estaban pegadas a los cuerpos largos y flacos como las escopetas de fisto. Sus alpargates, hechos a mano por artesanos del Socorro, atados a los tobillos con cabuya, se quedaban pegados en el lodo del viejo camino por donde siglos atrás subieron los españoles y viajeros a la capital del reino de la Nueva Granada. Y sus sombreros negros de fieltro eran arrebatados por el misterioso viento que luego buscaban a oscuras en el barro; los caminantes estaban a dos leguas de sus casas.

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Los  campesinos solitarios de la noche estaban a menos de 500 metros de la casa del Salvador. Ya habían alcanzado el segundo pasa nivel del ferrocarril e iban al frente de la residencia del inspector de los trenes, casa que sobresalía en la región por estar construida en cemento y tener acueducto y sanitario.

Las charlas apuradas de alegría por estar cerca  a casa  fueron interrumpidas por un fuerte y frio viento que soplaba de la loma vieja hacia las tierras de Pirasía, mientras oían entre el cultivo de yuca que había a la vera del camino, el quiebre creciente de las matas del tubérculo.

Ellos, no son hombres de miedo. les tocó vérselas con los liberales en el 49 cuando mataron a Gaitán Y en los sesenta debieron cuidar a sus familias por la presencia, en esos parajes, del bandolero Efraín González. Pero ese lunes, el miedo fue mayor que sus fuerzas, y de sus labios temblorosos balbucearon palabras de sorpresa cuando se percataron que estaban empezando, otra vez, el camino a casa en el sitio conocido como mata de caña. Las brujas los habían trasladado para empezar de nuevo el tortuoso camino de herradura hacia  Providencia.

Conscientes de lo sucedido retomaron la jornada, pero esta vez implorando protección de las Benditas Almas,  rezando el rosario al paso que la oscuridad les permitía, arribando a sus hogares tres horas después para colmar las preocupaciones de María y Gilma, las esposas respectivamente. Cada una de ellas, contó al esposo que habían rezado tantos rosarios como cuartos de hora habían trascurrido desde las cinco de la tarde que los estaban esperando al calor del fogón cuyas brasas mantuvieron vivas para calentarse, era un  día de invierno de un mes de mayo de un año cualquiera del siglo XX.

Tanto Salvador, como Rito, disminuyeron el silencio y recobraron palabra en la medida que la humeante mazamorra de maíz tostado era sacado con un cucharon de palo de naranjo de la olla de barro elaborada por las manos de Tomasa, la vieja de los burros cargados de chorotes, hures y ollas de barro de Ráquira que cada domingo cuando la anoche anunciaba su presencia, se descolgaba con sus recuas al mercado de la localidad.

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LAS BRUJAS QUE CABALGAN DE NOCHE

En la década pasada fui testigo de la presencia de brujas cabalgando potrancas o potros  en las noches. Sucedió en la vereda Monchía de Mogotes. Fueron varios los sábados que al ir a cabalgar para revisar algunos ganados que pastaban en fértiles tierras, las bestias recién traídas y aperadas, las encontraba sudadas y cansadas. Al observar su estado y detallar la crin, ésta estaba tejida en forma de arrienda con delgadas y delicadas trenzas entrelazadas que finalizaban con raros nudos que ningún peón lograba soltar y era necesario acudir a las tijeras para eliminar la clineja  de que eran victimas los equinos.

Consultando con los ganaderos vecinos, ellos contaron que que era usual encontrar las bestias con la crin tejida explicando que en la zona las brujas cabalgan en las noches para distraerse en las extensas llanuras de esas tierras usurpadas por varios años, primero por los elenos, y luego, por los paramilitares.

LA BRUJA QUE AMANECIO COMIENDO GRANOS DE MOSTAZA

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Luis Antonio Contreras es veterano recogedor de café y algodón que recorre parte del país ganándose la vida con sus manos. Nació, se crió y gusta del campo, por la libertad que se vive en él. En su niñez se levantó con sus padres y hermanos en una vereda de Mogotes. Recientemente me contó su experiencia con las brujas convertidas en piscas.

Fue una noche de luna nueva de un mes de agosto de 1970. Junto con sus nueve hermanos se arrunchaban en compañía de sus padres sentados en una vieja banca de madera que servía de silla y mesa y que estaba dispuesta al frente de la fogonera construida en barro sobre el tendal de varas de eucalipto, luego de una cena cualquier grano que escaseaba en el rancho de la aparcería en la que trabajaban en ese año.

Fueron los padres quienes advirtieron la presencia de un ave  en el techo del racho de paja, y advirtieron a los niños de la presencia de la bruja. El padre se preparó para atraer y retener al animal. Acudió a su escondite dentro del rancho extrayendo de un zurrón de cuero de un viejo buey, mas de una libra de semillas de mostaza y en forma furtiva salió al patio del rancho dejando en un pedazo de pote los pequeños granos bíblicos.

Y se acostaron sin mas ni mas. Pero al amanecer, el padre encontró a la pisca aún comiendo los granos de mostaza. Procedió a coger al animal en forma de pisca asiéndola por las patas y con la mano derecha le propinó severa planera, lanzándola luego al infinito para que volase sin obstáculos.

Cuando el sol brotaba detrás del cerro de Menempa y los niños se levantaban buscando la cocina para mantener el calor, Antonio, el padre reunió a los varoncitos y les contó lo que acababa de hacer para identificar a la bruja. Sobre las nueve de la mañana, solicitó a Luis que fuese mas abajo donde una vecina a solicitar en préstamo una libra de sal. Diligencia que de inmediato hizo en niño a las carreras.

Al llegar al destino, preguntó por la señora del rancho a una de las hijas que lo recibió, pero ella, quien hizo el favor de prestar la sal, informó a Luis que la madre había amanecido muy golpeada y el esposo debió trasladarla a caballo al hospital de Mogotes.

Fue así como la familia de Antonio se enteró quien era la bruja que merodeaba en las noches de luna nueva por el rancho de los Contreras.

LA PROFE QUE LE HICIERON UN MALEFICIO

Joven, blanca, delgada y con  cabellos dorados, de mediana estatura y piernas de niña, Emilce es  normalista de Guadalupe y empezó su experiencia laboral en el bachillerato rural impulsado por Sepas de San Gil en veredas de Confines y Guapotá, su tierra natal.

Los negocios de su padre empezaron a venirse a pique, y las faldas empezaron a agotar los ingresos de la tienda y la pesa, los escasos animales de la familia aparecían muertos en los potreros, las diferencias, maltratos y peleas eran el pan de cada día en el hogar.

Y ella, la profesora del SAT estaba perdiendo su belleza con la perdida de peso, el dolor de cabeza y estomago que la asistía, cada vez con mas frecuencia. Médicos en San Gil, en Bucaramanga y Socorro la auscultaron sin tratamiento cierto que impidiera el deterioro físico y moral de la mona del bachillerato rural.

Y campesina que es, supo de un médium que trabajaba con la magia blanca, un sábado no fue a  trabajar con mi permiso como coordinador que fui de ese bachillerato en esos municipios incluido  Pinchote. Acudió a la casa en el Socorro en donde ocasionalmente proveniente de los llanos orientales un  médium a conjurar hechizos y brindar soluciones esotéricas  a quienes sabían de sus trabajos y padecían de raros males.

El médium la escuchó, le preguntó sobre las manifestaciones que ella creía provenían de un maleficio. El ocasional visitante llanero, recetó a Emilce que se tomara cinco litros de agua recién bendita, procedimiento que hizo al otro día en su pieza del Socorro donde estudiaba de noche licenciatura en matemáticas en la Universidad Libre.

Ella, la profe, en la soledad de la habitación de paredes sin color y ventana sin ella, empezó a tomar litro a litro tan despacio como podía, pensando en donde le habría de caber tanto liquido igual a una pimpina de cinco litros de leche, que de niña sacaba al lechero por la carreteable que unía a su vereda con la carretera central en predios de Confines.

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Ya había ingerido tres y medio litros cuando se le vino el arrojo. Vomitó y vomitó sin parar hasta sentir que se salían las entrañas. Pero su último arrojo, en vez de liquido, fue un sapo que saltó de su tierna boca al piso para esconderse debajo de la cama de madera con colchón de algodón que reinada en la pieza.

El susto, el miedo y las preguntas invadieron el pensamiento de la profe del SAT. Quiso gritar pero la vergüenza se lo impedía. Anheló compartir lo sentido y visto con sus ojos verdes, pero no tenía confianza en esa casa de inquilinato para estudiantes de las universidades que dieron vida económica a la capital soberna de Santander en los últimos 25 años.

Pero el hambre y las ganas de echarle algo al buche le animaron a hacer un caldo caballuno, que no es otra cosa que una chingua con ajo y cebolla larga con poca sal que calma la bilis y las borracheras. Se lo tomó con prisa para esperar efectos inmediatos, se puso la sudadera que le servía de pijama, rezó como nunca la había hecho, se recostó a escuchar radio quedándose dormida hasta las ocho de la mañana del otro día.

Se levantó de inmediato persignándose a la vez, dando gracias a Dios porque se sentía bien. Buscó entre su maleta el pantalón que mejor ceñía su delicado cuerpo que combinó con una blusa suelta de colores con la que disimulaba los diminutos volcanes propios de una niña en plena pubertad del fin del siglo XX.

Salió. Tomó la calle hasta el parque de la Independencia de la capital comunera al edificio de Telecom. Allí, a carreras solicitó cabina que por ser temprano, el asignaron la 1.  Ya en la cabina, buscó entre su mochila de fique pintado con anilina vegetal la vieja libreta en la que anotaba los números de los teléfonos de los conocidos y familiares. Por el afán y el anhelo por oír las explicaciones del médium, no encontraba el block con anillado redondo.

Se calmó, invoco a la Virgen del Perpetuo Socorro, patrona de la ciudad, y entre Ave Marías Purísima, la libreta apareció. Busco en ella, y como gustosa de las matemáticas lo hizo por el abecedario, identificando el numero que, de inmediato marcó con el indicativo de Villavicencio.

Tuvo suerte ese día. Le contestó  quien iba a solicitar que le pasaran al teléfono. Narró con detalle cada momento de la angustia que vivió la noche anterior y describió con exageración el sapo que había brotado de su sensual boca.

 

Con la calma de una persona con conocimiento, ese hombre consultado en tierras del llano y Santander, le confirmo el maleficio de que había sido victima. Una noche de cualquier día del año escolar universitario, un admirador silencioso, celoso y posesivo había colocado en una hamburguesa con carne tierna de novillo criado  en las vegas del rio Suárez, huevos de rana para vengarse del desamor que le causaba las indiferencias que le prodigaba la profe del SAT enamorada de su trabajo y sus estudios.

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La estudiante de matemáticas siguió el consejo del llanero y viajó ese mismo lunes a la casa de los padres y empezó a buscar en el piso, en los patios, en las materas, en las ventanas y en cuanto lugar hubiese sido cómplice de un escondido.

La sorpresa empezó a invadirla, igual que la búsqueda y  la curiosidad.

Encontró entierros detrás de la nevera, en una matera, detrás de un cuadro del Sagrado Corazón y en tres partes diferentes del la tierra que se adhiere al cemento de los pisos de la casa.

 

Los entierros tenían la misma forma y conformación. Eran muñecos de cera con cabellos y alfileres que atravesaban la frente, el corazón, los brazos y los pies como cualquier crucificado que dormían sobre tierra de algún cementerio católico.

Desde entonces la familia se liberó de los males, se repuso de los descalabros económicos, los esposos se perdonaron y fortalecieron la familia, la profesora se graduó y oficia en el colegio fundado por el General Santander y goza del amor de una familia.

 

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El mal y el bien siempre han existido desde los orígenes de los humanos. El hombre-incluye la mujer y el varón- se debate en la existencia entre lo que es bueno y lo que es malo.

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En la cultura occidental una bruja o brujo  es una persona que practica la brujería y ejercían sus actividades en los campos. Las hechiceras o hechiceros practican la hechicería y viven en las ciudades. El termino bruja que proviene posiblemente de la época prerromana, se asemeja a una mujer que vuela montada en una escoba, y en latín, el termino bruja  significa maléfica. Y el termino brujo se asocia con el vidente o clarividente o con el chamán o curanderos del alma y del cuerpo en algunas comunidades indígenas.

Las brujas tienen pacto con Satán, renuncian a su fe  y  rinden culto al diablo, mientras que las hechiceras invocan y se sirven del poder demoniaco para sus conjuros.

La magia blanca ha estado presente en todas las civilizaciones, así como la magia negra. La primera busca la prosperidad, el desarrollo físico, mental y espiritual; mientras que la segunda es  la de los hechizos malignos.

En una sociedad machista son las mujeres las maléficas, pues por sus encantos femeninos atraen a los varones, mientras que a ellos les asignan el papel de hechiceros o magos.

 

San Gil, marzo 4 de 2015