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martes, 9 de junio de 2026

Tierra de sangre y esperanza

 


Ulises Contreras y Clara Montalvo, apenas retoños del árbol humano, huyeron una noche de 1948 con el alma rota por la violencia. Les habían segado a los padres, que ofrendaron su vida resistiendo el despojo de la tierra en una vereda sin nombre, pero con memoria.

Cargaban solo la esperanza y el coraje en sus mochilas, y se internaron en la selva agreste del Catatumbo, en los confines de un municipio que los mapas apenas susurraban: Convención, Norte de Santander. Allí, donde la montaña era puro pecho virgen, abrieron trocha con las uñas, con el sudor, con el machete como cruz y el silencio como aliado. Fundaron su refugio y, al poco tiempo, la vida les regaló tres hijos que crecieron entre surcos, sembrando futuro con manos de barro y fuego.

El bosque se fue rindiendo al paso de sus hachas. Surgieron potreros donde hubo sombra, cañaduzales donde el jaguar dormía, y cacaotales que endulzaron la rutina del jornal. El rancho se hizo con tablas humildes y techos de esperanza. Tres piezas para soñar, un trapiche de piedra para exprimir dulzura, y una troja para guardar el maíz y los recuerdos que el tiempo no logra pudrir. Pero Ulises, endurecido por los troncos que tumbó, fue tronco él mismo. Crio a sus hijos con el grito, con el palo, con la furia de quien desconfía hasta de su sombra. La guerra le había robado la ternura, y la rabia se le quedó tatuada en el alma. Clara aprendió a resistir, a aguantar las embestidas como si fueran vendavales del destino. En esas tierras olvidadas, la historia es un círculo de machete y polvo: el colono que tumba, el comprador que llega, el que vende que se va a tumbar a otra selva, y así rueda la rueda de la colonización y la deforestación en el pais del Sagrado Corazón.  Pero Ulises y Clara no querían vender. La tierra era su altar, su tumba prometida, el eco de sus muertos.

Olivo, el hijo mayor, ya era un mozuelo cuando un día fue al pueblo a traer encargos. Volvió con el sol al filo de la tarde y no halló ni al padre ni a los hermanos, solo la casa enmudecida y el grito ahogado de su madre tras la puerta cerrada. Algo antiguo y oscuro se encendió en su pecho: la memoria de los abuelos asesinados, el instinto del jaguar. Buscó el machete de su padre, ese 22 que colgaba como símbolo de autoridad en la columna del rancho. Con los ojos nublados de lágrimas y fuego, se escondió tras la sombra. Cuando el agresor abrió la puerta para silenciarlo, Olivo le respondió con la lengua de la selva: dos machetazos certeros, uno a la cabeza y otro al brazo que aún sostenía un revólver. Liberó a Clara, le pidió que se atrincherara, y corrió como sabueso tras el rastro del padre. En el trapiche, escuchó la amenaza: “Vendes o mueres, como tu mujer.” La furia fue rayo. Olivo, invisible entre cañas, saltó sobre el verdugo. Lo cortó con ocho estocadas de justicia. El tercer atacante huyó disparando, hiriendo al niño con tres balas cobardes. Sangrando, Olivo volvió al rancho. Lo recostaron sobre una banca de madera. Clara y Ulises le cerraban las heridas con el alma en las manos.

El victimario los denunció. La ley, ciega como la noche, llevó a Ulises y Clara al calabozo. Salieron libres por falta de prueba. Pero el miedo pesaba más que la tierra. Vendieron a bajo precio su parcela sagrada y huyeron a Chaparral, Tolima. Olivo cruzó a Venezuela. Creció entre cosechas ajenas y madrugadas propias. Regresó al cumplir los veintiuno. En Ocaña, mientras firmaba para recibir la cédula, lo apresaron por doble homicidio y lesiones. Fue condenado a 35 años. Cinco años llevaba en la cárcel de Pamplona. Aprendía a sembrar hortalizas, a tejer mochilas con fique, a sobrevivir con dignidad entre barrotes. Su historia no es única. Es la historia de muchos. Pero él la cargó como cruz de fuego.  Porque en esta tierra colombiana, ser colono es ser mártir. Y resistir es un acto de amor.


Autor: Nauro Torres Quintero

2023

lunes, 18 de mayo de 2026

Otrora alumnos, hoy padres de familia, profesionales, empresarios…


Se de instructores que pasaron por las aulas sin dejar huellas en sus estudiantes; lo revelaron la ausencia de recuerdos gratos en encuentros ocasionales con exalumnos.

En el Colegio Luis Camacho Rueda estuve una década, hasta que la dirección del plantel decidió no asignar carga académica; en ese lapso, vi, sentí y me enteré de la vida familiar de quienes acudían a mi aula y con las semanas, fui identificando sus talentos priorizándolos sobre los resultados de las pruebas escritas. Al curso 4º de bachillerato llegó un enero una niña delgada de pelo largo, amable y comunicativa que se enamoró de la lectura la que combinaba con el canto.

Quinquenios despues, por redes me contactó informando que leía este blog, que vivía en el municipio de San Andrés, provincia de García Rovira, Santander; que se había casado adolescente, vivía en la vereda y la familia cultivaba limón y café y ya habían levantado vivienda familiar.

Previos dias a la celebración del día del maestro-16 de mayo- me contactó solicitando un par de libros; uno para su hija y otro que le ayudasen en el proceso de formación y orientación de su retoño.

Desde 1.981 uso el correo oficial 4-72 más conocido como el correo nacional, y le hice llegar los dos libros, cada uno con una dedicatoria. El libro de cuentos y poesia infantil. EL CIELO ES DE CHOCOLATE lo firmé para Karoll Juliana, su hija; y el libro de 480 pgs: SABIDURÍA EN POESÍA, con el legado del cayado de los abuelos para ALBA LILIANA ALBA ROBLES, mi exalumna con voz angelical y asidua lectora.

Recibió los dos libros tres dias despues de remitirse. Fue al pueblo a recogerlos con curiosidad y hambre lectora. Ya de regreso a su casa en la vereda, de romper con contemplación la bolsa plástica, abrió cada libro y leyó las dedicatorias. La emoción y sensibilidad de madre campesina, la expresó en la siguiente prosa poética que registro, para la historia, en particular, para usted amigo lector.

Mi estimado profesor Nauro:

 

Recibir sus libros y, sobre todo, leer las dedicatorias que escribió para mi hija y para mí, fue encontrarme nuevamente con aquel maestro que sembraba literatura no solo en las páginas, sino también en el corazón de sus estudiantes.

 

Sus palabras tienen la calidez de la memoria y la profundidad de quien ha aprendido a mirar la vida con ojos de poeta. Cada frase que me ha dedicado se siente como un abrazo hecho de tinta, de esos que permanecen mucho tiempo después de haber cerrado el libro.

 

Gracias por conservar intacta esa sensibilidad que convierte los recuerdos, la tierra, la familia y la esperanza en algo tan bello de leer. Saber que un antiguo profesor hoy es escritor y artesano de la palabra llena de orgullo a quienes tuvimos la fortuna de aprender de usted.

 

Sus dedicatorias no fueron simples firmas; fueron pequeños poemas que guardaré con enorme cariño, porque en ellas también viajan la admiración, la gratitud y el afecto de una estudiante que aún recuerda sus enseñanzas.

 

Que siga escribiendo historias que iluminen, conmuevan y dejen huella, como lo hizo alguna vez en el aula y como lo sigue haciendo ahora a través de sus libros.

 

Con admiración y gratitud,

Alba Liliana Hernández Robles.

 





 

 

 


viernes, 24 de abril de 2026

CANTOS QUE CRUZAN EL VIENTO DE ORIENTE: BITÁCORA DE MIS POEMAS PREMIADOS EN COLOMBIA

 

¿Se nace o se hace poeta?

Concluyo, con los años, que somos la fusión de la sensibilidad de los padres, de la curiosidad de nuestra niñez, de la siembra de maestros y familiares y de la asidua lectura literaria de narrativa, periodística y lirica; pero en especial, del gusto por escribir plasmando con palabras, nuestras reacciones del cuerpo y la mente ante estímulos, y en versos, las interpretaciones conscientes de nuestras emociones plasmadas en una libreta o en el ordenador y posteriormente leerlos, esconderlos, anhelando compartirlos o darlos a conocer en la posteridad, y en estas épocas, de repartir y difundir, ya en redes sociales o en un poemario.



En mi lírica, fue el amor la herida que canta y la luz que la nombra; es el impulso y memoria nacida de mis emociones intensas plasmadas como temblores en versos para contenerlo que me desborda y esta en mi que, con la suma de los años, podría borrarse y con la lectura posterior, hacer reminiscencias. Soy desde mi niñez, un enamorado que generalmente no quepo en esta realidad en que he vivido y he necesitado de la narrativa y la poesia para darme cuenta y contar que existo y existí en un una época, un espacio, un entorno y una región.

Sumaba trece años de experiencias vividas en la vereda Jarantivá en el municipio en el que las notas musicales del requinto y el tiple y el cántico de los copleros y copleras al ritmo del torbellino fueron las canciones y cánticos de cuna, niñez y juventud, cuando el cabello, las miradas, los ojos y su delineación corporal causaron mi curiosidad y atracción de una niña vecina que iba a la escuela pero no al mismo salón de Providencia en la que, en la década del sesenta del siglo XX convergían en la escuela infantes de cinco veredas, espacio que empezó en un corredor de la casa destinada al inspector de vías del tramo de red ferroviaria que atravesaba las mismas veredas desde Saboyá en Boyacá hasta Barbosa en Santander.



Las ganas de nadar en las páginas de libros y en los versos del autor de Rín rin renacuajo, el poeta colombiano, Rafael Pombo y los párrafos de la fábula, La Lechera del español Félix María Samaniego, las curiosidades por descubrir el origen de las cosas, de aprender matemáticas, biología e historia y del origen del lenguaje, del hombre y  del mundo, revelaron mis deseos de estar entre los primeros bachilleres de la vereda que solo lo alcanzaban si eran cazados como perdices para inducirlos al estudio sacramental y eclesial.

 En ese entonces mis padres con escasos recursos viviendo a la vera del camino indígena de la miel, la sal y las ollas en una mincha de terreno adquirido por posesión con esfuerzo por mis padres, el anhelo de ellos era repetir el quinto grado y alcanzar la edad para enrolarme como obrero del ferrocarril. Pero como al bobo se le aparece la Virgen, un día cualquiera de 1965, procedente de la capital colombiana en un tren de pasajeros, arribó un levita ya de edad tal calvo como lo estoy ahora, a la estación del tren de Providencia tras los pasos de uno de sus salvados de la ignorancia académica que pescó en una vereda del municipio de Bolivar, gracias que al chino le gustaba hacer de monaguillo cuando el párroco de Velez, Santander, iba a celebrar la eucaristía al poblado de Flores, otrora, punto de descanso de los comerciantes y campesinos que discurrían por el camino que unió al interior del pais con el rio magdalena. El chivato que buscaba el tonsurado era mi profesor José Manuel Suárez, el primer maestro varón que llegó a una vereda de Puente Nacional y en su oficio de enseñar indujo al grupo con los deportes de las patadas y los lanzamientos a un aro dos veces mas alto que cada jugador, y por el atletismo, deporte que ignorándolo, hacíamos cada uno despues del gateo y el pataleo metido en un calzón con pasantes enlazados en un bejuco  con tres tirantas que convergían en un nudo con llave por la cual pasaba un lazo de fique  montado en  una viga  soporte del tejado ya de zinc o de teja de barro que se mantenía colgado, y en él, uno con pañal de tela y fajero permanecía sentado con los pies escurridos rozando la tierra que servía de palanca para uno impulsarse para pararse y empezar a dar los primeros pasos sintiendo las caricias de la escueta tierra en las palmas de los pies.

El salesiano que fue director de la vocacional del Guacamayo, una puerta de entrada al Carare Opón desde El Socorro y que se fragmentó en el temblor de 1968 cayéndose sus puertas para siempre, platicó con el profesor, quien nominó a varios compañeros a quienes entrevistó y luego con su compañía y el invitado, visitó a cada familia para evaluarla con criterios católicos y proponer la oportunidad de estudiar interno en una escuela industrial y agrícola en Mosquera Cundinamarca. En la tienda La Esperanza, en la misma vereda, se reunieron con mi madre, la tendera y el cafetero, Miguel Agustín Torres, mi padre, y los cuatro determinaron mi futuro juvenil. Empecé a estudiar en el Colegio San José que tenía una biblioteca poblada de libros, unos espacios para huertas, campos deportivos y talleres para aprender dibujo técnico, mecánica industrial y artes gráficas. En tres años que estuve allí, me sedujeron los libros y la lectura se convirtió en mi compañera permanente, así como el escuchar cada día la lectura de fragmentos de una obra universal mientras nos alimentábamos y el aprendizaje de la tipografía la impresión mecánica y la offset.

Terminé en bachillerato técnico en la misma población donde estudió Gabriel García Márquez y el actual presidente de Colombia, Gustavo Francisco Petro Urrego. Mi primer oficio remunerado fue en ITALGRAF, una empresa de los Gómez Hurtado, familia conservadora en el poder político colombiano. Mas luego fui nombrado maestro de escuela por la Secretaría de educación de Santander en la Belleza Santander.

El origen y causas de mi tardío gusto por escribir poesía fueron: la muerte, el amor, la soledad, la sensibilidad y la contemplación. La muerte me arrebató a mi novia en la niñez; el amor que tejimos por 35 años me empujó a escribir retazos de historias sin contar, la soledad, la pandemia y el paisaje campesino me atropellaron, y escribí a principios del siglo XX, mi primer poema 13 dias antes de la muerte de mi Margarita.


“La muerte no llega con la vejez,

 se apronta con el olvido”

Nauro Torres Quintero

 

 

1.    Camposanto

01/11/2000

 

Henos hoy aquí, en la bahía del eterno río;

en la playa que el dolor sombrea,

en la ensenada donde tantos seres queridos,

náufragos en el mar borrascoso de la vida,

han llegado perecidos a sembrarse en el olvido.

 

Aquí, declina el sol de la existencia humana

entre el arrullo triste y lúgubre del silencio,

entre el soñar de los melancólicos árboles,

entre las oraciones de los seres piadosos

y entre el llanto de los seres que amó y aman.

 

Aquí reposan los restos de las personas que nos fueron caros,

las cenizas de los parientes y amigos

que la parca muerte los arrancó de su estar

transportándolos envueltos en cendales de luz a las alturas.

 

Aquí, señores, aquí en el cementerio

termina la ardua tarea de una vida;

aquí la flor que ayer aparecía lozana

en el bello jardín de la existencia,

hoy, yace mustia y desojada

regresando al seno de donde vinimos,

a la matriz de la madre tierra.

 

El camposanto guarece las ambiciones,

los honores, la ostentación, la prepotencia,

el orgullo, la vanidad, el desprecio al otro…

 

Aquí en la necrópolis en donde todos somos iguales

con nuestras lágrimas cantamos a la inmortalidad,

al amor, al recuerdo, al agradecimiento, a la eternidad

y nos secamos con pañuelos del olvido

en un epitafio cincelado en una piedra.

Desde entonces he registrado más de mil poemas revelados en mis libros en los que mi narrativa y lírica están fotografiadas para huroneos lectores. Soy asociado desde 2021 al Gremio Poetico colombiano- GPC- institución no gubernamental que aglutina a poetas colombianos y que desde 2023 organiza y entrega anualmente el premio VERSO DORADO. En ese año concursé y recibí dos galardones como autor del mejor poema y del mejor poema indígena.

Para los curiosos de mis escribanías y dudosos de mis premios, en esta entrada plasmo los poemas ganadores. “Tribulaciones” fue nominado y ganador como el mejor poema 2023 del Gremio Poetico colombiano. Este poema está publicado en el libro SIMBIOSIS- poemas del aquí y del allá  en 2023

“¡Tribulación humana¡

¡Cuántas palabras tristes estaban aún escondidas

en la entraña del hombre¡”

Roberto Arlt

 

207. Tribulaciones

07/06/2022

 

Deambulo descalzo por mi memoria

tras el rastro de la lluvia

hasta el hogar de mi tristeza.

 

Es la morada que acopia

los desastres del alma;

es lo mejorcito de cada uno,

es la juntanza de esperanzas, sacrificios,

amores, desamores y dolores.

 

La tristeza no es objeto de despojo,

es transparente como un rayo del sol

y es leal a ciertas alegrías.

 

Nacemos y morimos tristes;

en ese entretiempo,

ocasionalmente nos enamoramos

de cuerpos usualmente tristes

en los que la belleza, es un milagro.

 

Descalzos caminamos en peregrinación,

con tristes tribulaciones encarnadas en el bordón;

tornan las gotas de nuestro sudor,

en escuálida sapidez nostálgica.

 

Las huellas de la lluvia

nos regresan al hogar de los pesares,

chubasco enamorado, solitario y clandestino.

 

Y allí, rodeada la tristeza

de sus frágiles dogmas,

de sus resecas lágrimas,

y de un siglo de ensueños;

nos abraza apasionadamente

con un anticipado placer

empujándonos a trasegar

tras un soñado y jubiloso amanecer.

En el mismo año en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, recibí el premio VERSO DORADO 2023 como autor del mejor poema indígena: “Somos Uno” publicado en el libro “RELATOS Y VERSOS TRAVIESOS en el mismo año

“La vida no es más que una pasión inútil”
Jean Paul Sartre

 

350.     Somos Uno

2/705/2023

Somos Uno, predicó el mamo:

Somos los hermanos mayores,

persistió predicando a los hermanos menores.

 

Tenemos los conocimientos ancestrales

manteniendo el equilibrio ambiental

entre fuerzas celestiales y humanas,

predicó el makotoma arhuaco.

 

Los koguis, los arhuacos, moran

en los pliegues de la sierra de Santa Marta,

en las estribaciones de las cuencas hídricas

del Ariguaní, Fundación y el Aracataca.

 

El tutosoma, el gorro arhuaco semeja

la nieve de las cordilleras samarias;

los cabellos largos de los arhuacos,

encarnan venas con neviscas

fusionadas en borbollones de agua

que discurren placidas y refrescantes

montañas abajo oxigenando valles

por ríos, quebradas y ojos de agua.

 

La macana al joven, símbolo del trabajo arduo;

la mochila y el huso, a la rapaza un tejido

y una herramienta para trabajar en casa;

la aseguranza, manilla escudo de enfermedades;

el fogón del rancho, epicentro de la reunión familiar,

la maloka, la sinagoga de la comunidad serrana.

 

El aguardiente, la hoja de coca, el tabaco,

la acordeón, la caja y la guacharaca,

el algodón, la lana, el café, los ganados,

facilitan la convivencia pacífica arhuaca.

 

Somos Uno, predicó el mamo;

somos nieve, agua, tierra,

arcabucos, animales y aves;

asumen los koguis y arhuacos.

El 21 de abril de 2026 en el auditorio principal de la Biblioteca Nacional el GPC galardonó a 21 ganadores en igual número de categorías, con el premio VERSO DORADO 2025. Estuve nominado en tres categorías. Recibí dos premios como autor del mejor poema a la paz y el mejor poema de amor.

Para los lectores usuales y los que buscan en internet, así como quienes ya tienen alguno de mis libros, el mejor poema de amor está en el libro ERES UN POEMA que tiene 187 poemas y 27 cuentos en 380 páginas.



  

"La ignorancia, la raíz y el tallo

 de todos los males".

Platón.

 

414.”Eres todo”

8/04/2025

¡Oh tú, aliento del universo en mi pecho!,
¡oxígeno bendito que respiro en cada instante de mi ser!
Sin ti, mi vida se apaga como vela sin fe,
como luna sin noche, como pájaro sin cielo.

Eres el agua que corre por mi sed eterna,
el manantial que nace en mis desiertos,
la lluvia que besa mis grietas con ternura,
el río que entona mi canto hacia lo eterno.

Eres la luz —sí, la luz—
la que despierta las sombras de mi alma,
la que incendia mis pupilas con su fulgor sagrado,
la que hace que mis pasos tengan sentido y horizonte.

Eres naturaleza viva en mi pecho,
eres bosque, eres viento, eres flor que no marchita,
eres el canto de los grillos cuando el amor no duerme,
eres la raíz que me sostiene, el fruto que me redime.

Eres fuego.
No ese que quema la carne,
sino el que incendia el alma y la vuelve estrella.
¡Ay, amor mío, si tú me faltaras,
arderían los siglos en mi pecho vacío!

Eres el combustible que enciende mis días,
la chispa que despierta cada célula de mi anhelo,
la fuerza secreta que empuja mis latidos al alba,
el impulso que desafía a la muerte con un beso.

Eres sincronía perfecta en mi caos,
latido que danza con mi pulso sin error,
minuto exacto donde el tiempo se arrodilla,
oración que se repite sin cansancio ni final.

Eres fusión. Eres unión. Eres mezcla divina,
como dos galaxias que se funden sin ruido,
como tinta y papel, como mar y horizonte,
como tú y yo: un solo eco, un solo destino.

Eres sinergia de almas, conjuro y eternidad,
porque contigo todo suma, todo canta, todo brilla,
porque sin ti —¡escúchame bien!—
yo no sería más que sombra olvidada en el viento.

Eres todo.
Eres todo.
Eres todo.
Y todo, amor mío...
soy yo cuando tú me nombras.

Y el mejor poema a la paz será incluido en mi proximo libro que tambien tendrá prosa y poesia.

 

"La verdadera riqueza no consiste en tener muchas posesiones,

sino en tener pocos deseos".

 Epicteto.

 

416.¡Ven¡ siembra la paz¡

11/04/2025

¡Ven, labrador de esperanzas no dichas!
¡Ven, tú que portas el surco y el canto!
¡Ven, mujer de montaña, hombre de río, niño del viento y anciano del llanto!
Que la Paz no es paloma:
es semilla que exige tus manos despiertas,
¡y no se cultiva desde el sofá ni el espanto¡

¡Despierta, sembrador del mañana!
La Paz no es discurso, ¡es minga sagrada!
Ella llama, llama y clama:
“¡No soy descanso ni premio, soy siembra y jornada!”

Soy la voz del fogón compartido,
la danza del diálogo en torno al maíz,
soy la justicia con rostro de anciana,
y la memoria que sangra… ¡Pero no huye ni se echa a morir!

¡Ven tú, que miras y callas!
¡Ven tú, qué opinas sin arar la tierra!
Porque el que no siembra paz con su verbo y sus actos,
¡cosecha odio, envenena la siembra,
y se vuelve tormenta que rompe las puertas!

¿No ves cómo el silencio es cómplice del trueno?
¿No oyes cómo el miedo multiplica las balas?
¡Que tus pasos sean eco de un pueblo que grita:
“Queremos verdad que no tiemble ni se atrinchere tras la muralla!”

¡Ven! No hay minga sin tu machete,
ni surco sin tu sudor comprometido.
¡Aquí no hay ricos ni pobres, ni altos ni bajos!
Sólo hermanos que entienden que el pan se comparte
si la justicia riega lo que juntos hemos unido.

¡Levanta la voz, pacificador del asombro!
Haz del perdón tu azadón,
y de la verdad, tu semilla sin sombra.

¡Haz que la memoria no sea piedra que pesa,
sino puente que besa las orillas rotas!

La Paz no es bandera ni flor en desfile,
ella es maíz en la olla,
fruto en la rama,
¡niña jugando en la calle sin miedo al fusil ni al trauma!

Y si tú, sí tú…
si tú decides quedarte al borde del campo,
sin sembrar, sin hablar, sin hilar la esperanza,
¡eres fuego sin llama,
eres hambre en la danza,
eres cómplice eterno de la noche sin alba!

Por eso te invoco, con viento en la voz:
¡no más espectadores en esta cosecha!
¡Que todos pongamos la vida en la mesa,
que todos abonemos con valores y hechos
la patria soñada que espera su siembra!

¡Oh, Paz, ¡tú caminas descalza y altiva!
Tu canto se escucha en las manos que dan,
en la escuela que enseña,
en la ley que protege,
y en cada mirada que deja de odiar.

¡Ven!
¡Haz minga con nosotros!
¡Que, sin tu sudor, sin tu abrazo sincero,
el árbol del pueblo jamás dará fruto,
y la Paz se marchita…
como espiga sin suelo!

 

jueves, 2 de abril de 2026

Homenaje poetico al musico sangileño JOSÉ GERARDO NORIEGA RODRÍGUEZ

En la memoria viva de San Gil resuena tu nombre,

José Gerardo Noriega Rodríguez,
eco de cuerdas antiguas que aún vibran
en el alma del tiempo.

Fuiste semilla y viento,
arpegio sembrado en la tierra fértil del recuerdo;
como río que no cesa,
tu música fluye —eterna, inagotable—
entre generaciones que te nombran sin saberlo.



¡Oh maestro!,
luthier del aire,
tejedor de silencios que hablan,
tus manos eran dos pájaros de madera
que al rozar la cuerda despertaban auroras.

San Gil —tu casa, tu pentagrama—
late en cada nota que dejaste suspendida,
como luciérnaga en la noche del olvido.
Y el tiempo, ese viejo testigo,
se inclina reverente ante tu legado.

Fuiste metáfora viva:
sol en la penumbra,
canto en la ausencia,
memoria en la distancia.

Y hoy, en esta Semana Santa de recogimiento y memoria,
tu nombre es campana que convoca,
es incienso que asciende,
es plegaria convertida en melodía.

¡Cómo no cantarte!,
si en cada cuerda vibra tu espíritu,
si en cada acorde florece tu esencia,
si en cada silencio habita tu presencia.

Antítesis de la muerte:
porque te fuiste, pero permaneces;
porque callaste, pero resuenas;
porque partiste, pero vuelves
en cada mano joven que pulsa la herencia.

Hipérbole del arte:
fuiste infinito en lo finito,
mar en la gota,
universo en un trino.

Y yo, humilde poeta de tu tierra,
intento —vana osadía—
atrapar en palabras lo inefable,
dibujar con versos lo invisible.

Mas sé que eres más que el lenguaje,
más que la metáfora,
más que la historia:

eres música.

Y la música, maestro,
no muere.

Solo se transforma
en eternidad.


NAURO TORRES QUINTERO

Puente Nacional- abril 2/2026

jueves, 26 de marzo de 2026

Homenaje poetico a Hortensia Salazar, sangileña.

 En la memoria tibia de San Gil

queda un hilo de luz que no se rompe,

un rumor de telas que aún respira
en las manos del tiempo.


Hortensia, nombre de flor antigua,
de jardín bordado en silencios,
fuiste aguja y latido,
fuiste el pulso escondido
en cada vestido que soñó la ciudad.


Por más de medio siglo
hilvanaste historias sin ruido:
novias que temblaban como auroras,
quinceañeras al borde del vuelo,
lutos que aprendían a llorar con dignidad.

Y en cada puntada,
iba tu ternura cosida,
tu paciencia de río,
tu feminidad serena,
hecha de fuerza sin estruendo.

Nunca pediste aplausos,
ni vitrinas, ni medallas;
pero en cada espejo encendido
había un reflejo tuyo,
en cada paso firme de mujer,
tu sombra elegante caminando.

Fuiste más que costurera:
fuiste guardiana de instantes,
arquitecta de memorias,
artista de lo invisible.

Hoy que el silencio pronuncia tu ausencia,
la ciudad se recoge en sus telas,
y en cada encaje florece tu nombre
como un susurro que no se apaga.

Que te nombren las agujas del viento,
que te recuerden los pliegues del alma,
porque donde hubo un vestido tuyo,
hubo belleza, hubo historia,
hubo vida.

Y así, sin mármol ni bronce,
tu legado permanece:
en la elegancia de un gesto,
en la gracia de una mujer que camina,
en la memoria íntima de un pueblo
que, aunque tarde,
hoy te reconoce eterna.

Tierra de sangre y esperanza

  Ulises Contreras y Clara Montalvo, apenas retoños del árbol humano, huyeron una noche de 1948 con el alma rota por la violencia. Les hab...