“Bueno, me han pedido que diga alguna cosa
acerca de mi vida sacerdotal. Ante todo, yo le agradezco a Dios Nuestro Señor
que me llamó para el sacerdocio; nunca me he arrepentido de haberle respondido.
No es que la vida haya sido fácil, ha sido de lucha, de dificultades; sin
embargo, dificultades que me quieran, que me hayan querido apartar del camino
del sacerdocio; no; son luchas que se han tenido en el ejercicio de la misión.
Agradezco a Dios Nuestro Señor la formación en el Seminario de San Gil y después
en el colegio laosiano en Bogotá; compañeros míos de esta Diócesis allá, el
padre Ernesto Serrano y monseñor Gustavo Martínez Frías, quien fue arzobispo de
Pamplona.

Mi
ministerio, primero, en San Gil junto con un sacerdote ejemplar de Zapatoca,
Monseñor Roberto Quijano, un año estuve con él y aprendí mucho de sus virtudes
sacerdotales. Trabajé en la Apostólica de acá, de Zapatoca, siendo sacerdote, junto
con el padre Eduardo Ardila, que era el Rector, el padre Rogelio Remolina y el
padre Jorge Velandia, con ellos estuve. Había seminaristas también. En ese
tiempo trabajamos con gusto, porque me gustó a mí la educación, en aquel
tiempo; después he visto que mis cualidades de educador no han sido muchas,
pero en ese tiempo estuve sumamente contento, sufrí mucho cuando salí de la
Apostólica.

Un registro histórico ocurrido en el camino de la miel, la sal y las ollas, en cabalgata desde Puente Nacional hacia la vereda Jarantivá y Páramo para escoger el lugar donde se fundaría el hoy poblado de Quebrada Negra. En el centro el Pbro. Eduardo vargas Sierra, a su izquierda, Monseñor Pedro José Rivera y su diestra el dentista Carvajal, sin sombrero, y mi padre Miguel Agustín Torres. Década del cuenta del siglo XX
Después
estuve de Párroco en varias parroquias, primero estuve en El Encino. Era una
parroquia que no tenía ni carretera, ni luz, ni otras cosas. Pero, esa
experiencia, al principio difícil de acomodarme, sin embargo, la recuerdo con
muchísimo cariño. Fue un tiempo muy hermoso, para mí, ese contacto con los
ríos, con los montes, con la naturaleza, con la gente, con las dificultades,
con el…llamémoslo así el destierro, me gustó muchísimo. En seguida tuve que
pasar a Albania, que estaba en ese momento en un tiempo de lucha, estaba el
bandolerismo de Efraín González, en plena beligerancia y el ejército que
luchaba por neutralizarlo. Fue un tiempo de dificultades, de muertes, de cosas
de esas… Dios me sacó con bien de esta experiencia.

Parada de la cabalgata en la tienda la Esperanza, casa a la vera, hoy de la carreteable en la que transcurrió mi infancia y juventud; pasada y tienda para peregrinos y viajeros del camino que unió a Caracas con Bogotá y por el que transcurrieron los comuneros en 1781 y Bolivar y santander, años despues, y que conectó a los Muiscas con con los Guanes.
Pasé
luego a la Legión de María en San Gil, las escuelas radiofónicas, la parroquia
de lo que es hoy San Martín de Porres; todo eso, son varias parroquias ahora,
allá estuve. También estuve en la Sagrada Familia; fui el segundo párroco,
después del padre Bernardo Ochoa que se salió. Estuve en Pinchote, en Pinchote estuve
varias veces, también fue un tiempo bueno y me gustó mucho. Trabajé
directamente en la curia, en la legión de María, en las escuelas radiofónicas y
me hospedaba en la casa del Obispo.

Más
tarde estuve en Puente Nacional, ya una parroquia grande, de mucha extensión y
también de serias dificultades, muy bonita esa experiencia: Fui bien recibido,
estuve contento; pasé a Zapatoca y estuve poco tiempo, dos años. Zapatoca es
una ciudad levítica y de mucha organización religiosa, de mucha espiritualidad
de parte de la gente, es extensa la parroquia, no tenía la vitalidad que tiene
en este momento, era otra manera de hacer pastoral, pero bien trabajé, ayudé un
poco en la hechura de la casa cural. Tuve un accidente, pero salí, salí con
vida, una monja que iba a mi lado quedó muerta; íbamos con unos muchachos,
ellos no sufrieron mayor cosa.
Un brindis de tres históricos personajes: Monseñor Pedro José Rivera, el sacerdote Eduardo Vargas y mi padre, Miguel Agustín Torres en lo que fue posteriormente la casa cural de Quebrada Negra en Puente nacional.
Estuve después
en la Curia, de nuevo trabajando con la Vicaría de Pastoral y pasé después de
nuevo a Puente Nacional, y de ahí salí para Roma; estuve en Roma estudiando
unos tres años, tratando de hacer una Tesis, que al fin se convirtió más bien
fue como en un estudio de Espiritualidad, que se centró en el estudio de San
Juan de la Cruz, la espiritualidad de él.
Regresé
a trabajar con el padre Ramón González; el padre Ramón González es un héroe de
la Pastoral Social, hizo muchísimo en ese tiempo. Estaba asociado con su
hermano, que es un ejecutivo, el padre Samuel. Fue una época verdaderamente de
gloria de la Pastoral Social, quizás era la Diócesis de más representatividad
en Colombia. El padre Ramón era llamado al CELAM, a varias partes a dar
conferencias acerca de lo que él estaba haciendo, del Instituto del Páramo, del
Instituto de Zapatoca y otra serie de actividades que él tenía. Tenía unas granjas;
hacía su actividad también en algunas parroquias. Fue un tiempo verdaderamente
glorioso para la Pastoral Social. Se hicieron también unas edificaciones en San
Gil, unos barrios, que se hicieron por iniciativa de la Pastoral Social. Más
tarde fui director del Instituto del Páramo, por unas dos ocasiones, ahí se
hicieron unos cursos de Catequesis sobre todo para personas que querían dirigir
la catequesis en diferentes parroquias; cursos también que acostumbraba el Páramo,
cursos de liderazgo, etc. estas actividades,
me llenaron el alma.

Seis personajes que en su trasegar mundano, hicieron historia: Agustina Torres, Pbro. Eduardo Rodriguez, Campo Elias Sáenz, Monseñor Pedro José Rivera, Pbro. Eduardo Vargas Sierra y Antonio Saenz. Registro tomado en Providencia.
Después
me pidió monseñor Víctor López que estuviera en la rectoría del Seminario,
junto con el padre José Antonio Díaz y el padre Gilberto, con él estuvimos
reiniciando el seminario después de 10 años de haberse cerrado. Se inició con
12 alumnos, el más representativo actualmente es el que es arzobispo de Bogotá
monseñor Luis José Rueda. Terminado el ciclo del Seminario pasé de nuevo a
Pinchote, fui Vicario de monseñor Leonardo Gómez Serna, un hombre tan especial
en esta Diócesis, de tanta acción, de tanto carisma, de tanta devoción a la
Virgen, especialmente al Santo Rosario, de mucha actividad. A él, se debe toda
la gestión para la creación de la Diócesis de Vélez.
Estuve
en otras parroquias después: Coromoro, en Cite; estuve también más allá de Contratación,
en Guacamayo, ayudé al padre Velandia , estuve con él en Oiba y; finalmente
también trabajé acompañando al padre Isaac Prada en Olival, y fui coadjutor del
padre Córdoba, Gonzalo Córdoba en El
Socorro, también trabajé con el padre Roque Julio García; pasé también cerca de
Charalá y pasé finalmente a Jordán, donde estuve más de 10 años, 10 años y
medio, exactamente el tiempo que duró acá entre nosotros el Obispo que está
ahora en Tunja, Carlos Germán Mesa Ruiz, él me nombró y cuando él salió yo
también salí.

Ahora
estoy acá en Zapatoca, muy contento de estar ayudando al párroco, un poco como
arrimado, porque yo ya soy Emérito y a los eméritos no nos dan nombramientos
así que valgan la pena, pero estoy, junto el padre Albeiro, con el Diácono,
Néstor Ariza y estamos trabajando. Esta es mi vida, estoy satisfecho de ser
Sacerdote, espero que el Sacerdote eterno, me reciba allá en el cielo, me
perdone mi mal Ministerio, tenga en cuenta a su bondad y se acuerde de mi
cuando esté en su Reino.”
Fue mi padre, Miguel Agustín Torres, un líder católico, promotor de las construcciones de los templos de Providencia y Quebrada Negra. El primero fue reemplazado por una capilla que donó el extinto Pedro Fajardo.
El santo sacerdote, murió en Bucaramanga y sus exequias ocurrieron en San Gil, el 20 de diciembre de 2025. Fu hermano del sacerdote, Hernando Vargas, quien escribió la Historia de la Diócesis de Socorro y San Gil, texto inédito en el que además, se narra el origen de las parroquias de la extensa Diócesis, antes de fragmentarse en dos.