Fue, con su esposo, declarados patrimonio cultural inmaterial
viviente por la Gobernación de Santander y la UNESCO. Nacieron en Cúchina,
vereda del municipio de Sucre; ella estudió, él, labró la tierra; ella fue
profesora, él, un soldado obligado y un labrador de la musica y el baile. Los dos,
bailarines desde niños y guabineros desde siempre. Ella, folclorista y maestra de
este, y él, parrandero y hablador. Ambos, líderes íntegros natos que fusionaron
sus vidas para inducir a la niñez y a las familias a abrazar con alegría las
tonadas y pasos de la guabina, ese ritmo andino que persiste en las arrugas de
los habitantes de las montañas andinas santandereanas y cundiboyacenses.
Ella en su vejez, murió a mediados de enero de 2026, y
Arnulfo se quedó con su tiple, los alpargates y trajes típicos masticando los
dias faltante para reencontrarse un la danza eterna.
Les distinguí hace más de medio siglo, en plena
juventud en algunos cursos de liderazgo social que otrora fuese la pastoral
social de la Diócesis de Socorro y San Gil, pero como más baila un asno atado
al botalón, poco les copié de sus habilidades artísticas, de las cuales exalto
en esta pieza lírica que compuse un día antes de la muerte de la maestra del
folclor que murió en Bucaramanga el 19 de enero del presente año.
ODA a la maestra del
canto que no muere
Dora, maestra de tiza y
alborada,
sembradora de coplas en
la escuela del viento,
hoy tu voz agoniza en la
carne cansada,
pero en la tierra canta
tu eterno aliento.
Con Arnulfo, compañero de
surco y tonada,
alzaste el torbellino
como bandera viva,
y en la guabina veleña,
clara y enamorada,
dejaste el pulso antiguo
que a Santander aviva.
No fueron solo cantos:
fue patria enseñada,
fue aula sin muros, fue
fogón y memoria,
por eso el pueblo te
nombró, en vida consagrada,
Patrimonio Vivo de su
música y su historia.
La UNESCO escuchó lo que
el monte sabía:
que en tu garganta
habitaba la nación,
que cada copla tuya era
pedagogía
y cada verso, una lección
de corazón.
Hoy agoniza el cuerpo, no
el legado,
porque el folclor no
muere cuando muere la voz;
queda en los hijos, en el
pueblo sembrado,
queda en Argón, que
dibuja lo que tú cantó Dios.
Recibe, maestra, esta oda
sencilla,
como flor que se entrega
sin saber marchitar.
Sucre te nombra,
Santander se arrodilla
y Colombia té aprende…
aún después de partir.
DRA: Nauro Torres Quintero -Artesano de la palabra colombiano.