Es mi homenaje a la santandereana que fue una de mis referentes en mi juventud.
Beatriz,
madre del color que incomodó al poder,
alzaste la pintura como espejo sin maquillaje
donde la patria se vio herida,
pero viva.
No pintaste
salones complacientes,
pintaste la herida abierta del país,
el dolor popular vuelto amarillo,
verde agrio,
rojo que no pide permiso.
Tu pincel fue grito
cuando el silencio era orden.
Hiciste del
kitsch una trinchera,
del dolor colectivo una estética rebelde,
y de la muerte —esa visitante frecuente—
un acto de memoria que no se arrodilla.
En tus cuadros,
los héroes bajaron del bronce
y el pueblo subió a la historia.
Beatriz,
maestra sin aula,
sembraste irreverencia en generaciones enteras:
nos enseñaste que el arte no adorna,
interpela;
que no consuela,
despierta.
Tu obra fue
una bofetada lúcida
al olvido programado,
una pedagogía visual
para un país acostumbrado a bajar la cabeza.
Por eso te siguieron los jóvenes,
por eso te temieron los sordos del alma.
Hoy que
partes,
Santander debe mirarse en tu espejo.
Tierra de comuneros,
de bravos que en 1781 dijeron basta
al abuso,
al tributo injusto,
al pensamiento encadenado.
¿En qué
momento nos dormimos, Beatriz?
¿En qué curva del progreso cambiamos
la rebeldía por la costumbre?
Tu obra nos sacude:
no nacimos para obedecer sin pensar,
sino para crear, disentir, transformar.
Que tu
legado sea campana,
no mausoleo.
Que despierte al santandereano del letargo,
que lo convoque a abrazar el cambio,
a descolonizar la mirada,
a pintar de nuevo el futuro
con colores propios.
Beatriz
González:
no te vas.
Te quedas en cada artista que se atreve,
en cada obra que incomoda,
en cada conciencia que despierta
y se declara libre.
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