En la memoria viva de San Gil resuena tu nombre,
José Gerardo Noriega Rodríguez,
eco de cuerdas antiguas que aún vibran
en el alma del tiempo.
Fuiste semilla y viento,
arpegio sembrado en la tierra fértil del recuerdo;
como río que no cesa,
tu música fluye —eterna, inagotable—
entre generaciones que te nombran sin saberlo.
¡Oh maestro!,
luthier del aire,
tejedor de silencios que hablan,
tus manos eran dos pájaros de madera
que al rozar la cuerda despertaban auroras.
San Gil —tu casa, tu pentagrama—
late en cada nota que dejaste suspendida,
como luciérnaga en la noche del olvido.
Y el tiempo, ese viejo testigo,
se inclina reverente ante tu legado.
Fuiste metáfora viva:
sol en la penumbra,
canto en la ausencia,
memoria en la distancia.
Y hoy, en esta Semana Santa de recogimiento y memoria,
tu nombre es campana que convoca,
es incienso que asciende,
es plegaria convertida en melodía.
¡Cómo no cantarte!,
si en cada cuerda vibra tu espíritu,
si en cada acorde florece tu esencia,
si en cada silencio habita tu presencia.
Antítesis de la muerte:
porque te fuiste, pero permaneces;
porque callaste, pero resuenas;
porque partiste, pero vuelves
en cada mano joven que pulsa la herencia.
Hipérbole del arte:
fuiste infinito en lo finito,
mar en la gota,
universo en un trino.
Y yo, humilde poeta de tu tierra,
intento —vana osadía—
atrapar en palabras lo inefable,
dibujar con versos lo invisible.
Mas sé que eres más que el lenguaje,
más que la metáfora,
más que la historia:
eres música.
Y la música, maestro,
no muere.
Solo se transforma
en eternidad.
NAURO TORRES QUINTERO
Puente Nacional- abril 2/2026