Ulises
Contreras y Clara Montalvo, apenas retoños del árbol humano, huyeron una noche
de 1948 con el alma rota por la violencia. Les habían segado a los padres, que
ofrendaron su vida resistiendo el despojo de la tierra en una vereda sin
nombre, pero con memoria.
Cargaban
solo la esperanza y el coraje en sus mochilas, y se internaron en la selva
agreste del Catatumbo, en los confines de un municipio que los mapas apenas
susurraban: Convención, Norte de Santander. Allí, donde la montaña era puro
pecho virgen, abrieron trocha con las uñas, con el sudor, con el machete como
cruz y el silencio como aliado. Fundaron su refugio y, al poco tiempo, la vida
les regaló tres hijos que crecieron entre surcos, sembrando futuro con manos de
barro y fuego.
El
bosque se fue rindiendo al paso de sus hachas. Surgieron potreros donde hubo
sombra, cañaduzales donde el jaguar dormía, y cacaotales que endulzaron la
rutina del jornal. El rancho se hizo con tablas humildes y techos de esperanza.
Tres piezas para soñar, un trapiche de piedra para exprimir dulzura, y una
troja para guardar el maíz y los recuerdos que el tiempo no logra pudrir. Pero
Ulises, endurecido por los troncos que tumbó, fue tronco él mismo. Crio a sus
hijos con el grito, con el palo, con la furia de quien desconfía hasta de su
sombra. La guerra le había robado la ternura, y la rabia se le quedó tatuada en
el alma. Clara aprendió a resistir, a aguantar las embestidas como si fueran
vendavales del destino. En esas tierras olvidadas, la historia es un círculo de
machete y polvo: el colono que tumba, el comprador que llega, el que vende que
se va a tumbar a otra selva, y así rueda la rueda de la colonización y la
deforestación en el pais del Sagrado Corazón. Pero Ulises y Clara no querían vender. La tierra
era su altar, su tumba prometida, el eco de sus muertos.
Olivo,
el hijo mayor, ya era un mozuelo cuando un día fue al pueblo a traer encargos.
Volvió con el sol al filo de la tarde y no halló ni al padre ni a los hermanos,
solo la casa enmudecida y el grito ahogado de su madre tras la puerta cerrada.
Algo antiguo y oscuro se encendió en su pecho: la memoria de los abuelos
asesinados, el instinto del jaguar. Buscó el machete de su padre, ese 22 que
colgaba como símbolo de autoridad en la columna del rancho. Con los ojos
nublados de lágrimas y fuego, se escondió tras la sombra. Cuando el agresor
abrió la puerta para silenciarlo, Olivo le respondió con la lengua de la selva:
dos machetazos certeros, uno a la cabeza y otro al brazo que aún sostenía un
revólver. Liberó a Clara, le pidió que se atrincherara, y corrió como sabueso
tras el rastro del padre. En el trapiche, escuchó la amenaza: “Vendes o mueres,
como tu mujer.” La furia fue rayo. Olivo, invisible entre cañas, saltó sobre el
verdugo. Lo cortó con ocho estocadas de justicia. El tercer atacante huyó
disparando, hiriendo al niño con tres balas cobardes. Sangrando, Olivo volvió
al rancho. Lo recostaron sobre una banca de madera. Clara y Ulises le cerraban
las heridas con el alma en las manos.
El
victimario los denunció. La ley, ciega como la noche, llevó a Ulises y Clara al
calabozo. Salieron libres por falta de prueba. Pero el miedo pesaba más que la
tierra. Vendieron a bajo precio su parcela sagrada y huyeron a Chaparral,
Tolima. Olivo cruzó a Venezuela. Creció entre cosechas ajenas y madrugadas
propias. Regresó al cumplir los veintiuno. En Ocaña, mientras firmaba para
recibir la cédula, lo apresaron por doble homicidio y lesiones. Fue condenado a
35 años. Cinco años llevaba en la cárcel de Pamplona. Aprendía a sembrar
hortalizas, a tejer mochilas con fique, a sobrevivir con dignidad entre
barrotes. Su historia no es única. Es la historia de muchos. Pero él la cargó
como cruz de fuego. Porque en esta
tierra colombiana, ser colono es ser mártir. Y resistir es un acto de amor.
Autor: Nauro Torres Quintero
2023