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martes, 9 de junio de 2026

Tierra de sangre y esperanza

 


Ulises Contreras y Clara Montalvo, apenas retoños del árbol humano, huyeron una noche de 1948 con el alma rota por la violencia. Les habían segado a los padres, que ofrendaron su vida resistiendo el despojo de la tierra en una vereda sin nombre, pero con memoria.

Cargaban solo la esperanza y el coraje en sus mochilas, y se internaron en la selva agreste del Catatumbo, en los confines de un municipio que los mapas apenas susurraban: Convención, Norte de Santander. Allí, donde la montaña era puro pecho virgen, abrieron trocha con las uñas, con el sudor, con el machete como cruz y el silencio como aliado. Fundaron su refugio y, al poco tiempo, la vida les regaló tres hijos que crecieron entre surcos, sembrando futuro con manos de barro y fuego.

El bosque se fue rindiendo al paso de sus hachas. Surgieron potreros donde hubo sombra, cañaduzales donde el jaguar dormía, y cacaotales que endulzaron la rutina del jornal. El rancho se hizo con tablas humildes y techos de esperanza. Tres piezas para soñar, un trapiche de piedra para exprimir dulzura, y una troja para guardar el maíz y los recuerdos que el tiempo no logra pudrir. Pero Ulises, endurecido por los troncos que tumbó, fue tronco él mismo. Crio a sus hijos con el grito, con el palo, con la furia de quien desconfía hasta de su sombra. La guerra le había robado la ternura, y la rabia se le quedó tatuada en el alma. Clara aprendió a resistir, a aguantar las embestidas como si fueran vendavales del destino. En esas tierras olvidadas, la historia es un círculo de machete y polvo: el colono que tumba, el comprador que llega, el que vende que se va a tumbar a otra selva, y así rueda la rueda de la colonización y la deforestación en el pais del Sagrado Corazón.  Pero Ulises y Clara no querían vender. La tierra era su altar, su tumba prometida, el eco de sus muertos.

Olivo, el hijo mayor, ya era un mozuelo cuando un día fue al pueblo a traer encargos. Volvió con el sol al filo de la tarde y no halló ni al padre ni a los hermanos, solo la casa enmudecida y el grito ahogado de su madre tras la puerta cerrada. Algo antiguo y oscuro se encendió en su pecho: la memoria de los abuelos asesinados, el instinto del jaguar. Buscó el machete de su padre, ese 22 que colgaba como símbolo de autoridad en la columna del rancho. Con los ojos nublados de lágrimas y fuego, se escondió tras la sombra. Cuando el agresor abrió la puerta para silenciarlo, Olivo le respondió con la lengua de la selva: dos machetazos certeros, uno a la cabeza y otro al brazo que aún sostenía un revólver. Liberó a Clara, le pidió que se atrincherara, y corrió como sabueso tras el rastro del padre. En el trapiche, escuchó la amenaza: “Vendes o mueres, como tu mujer.” La furia fue rayo. Olivo, invisible entre cañas, saltó sobre el verdugo. Lo cortó con ocho estocadas de justicia. El tercer atacante huyó disparando, hiriendo al niño con tres balas cobardes. Sangrando, Olivo volvió al rancho. Lo recostaron sobre una banca de madera. Clara y Ulises le cerraban las heridas con el alma en las manos.

El victimario los denunció. La ley, ciega como la noche, llevó a Ulises y Clara al calabozo. Salieron libres por falta de prueba. Pero el miedo pesaba más que la tierra. Vendieron a bajo precio su parcela sagrada y huyeron a Chaparral, Tolima. Olivo cruzó a Venezuela. Creció entre cosechas ajenas y madrugadas propias. Regresó al cumplir los veintiuno. En Ocaña, mientras firmaba para recibir la cédula, lo apresaron por doble homicidio y lesiones. Fue condenado a 35 años. Cinco años llevaba en la cárcel de Pamplona. Aprendía a sembrar hortalizas, a tejer mochilas con fique, a sobrevivir con dignidad entre barrotes. Su historia no es única. Es la historia de muchos. Pero él la cargó como cruz de fuego.  Porque en esta tierra colombiana, ser colono es ser mártir. Y resistir es un acto de amor.


Autor: Nauro Torres Quintero

2023

Tierra de sangre y esperanza

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