Oda épica a la tierra donde el agua canta
y la historia cabalga
31/05/2026
Eres un poema,
Jarantivá,
un verso sembrado por Dios
entre las montañas antiguas de Santander;
una estrofa verde que el viento recita
cuando despiertan los gallos
y la niebla desciende a besar los cafetales.
Dos venas cristalinas
abrazan tu cuerpo:
Aguablanca y Jarantivá,
hermanas nacidas en las altas sienes
del páramo Ubaque Merchán,
donde las nubes amamantan las fuentes
y los frailejones custodian el sueño del agua.
Tus quebradas son
serpientes de plata
que descienden cantando entre piedras y musgos,
y en su canto llevan la memoria
de tres veredas sedientas de vida.
Luego marchan solemnes hacia el Saravita,
como doncellas que entregan su caudal
al corazón inmenso de la provincia.
Tú no eres una
vereda:
eres una mujer acostada sobre la tierra.
La capilla de Quebrada Negra
es tu rostro de piedra y plegaria;
la estación de Providencia,
viejo ombligo de los caminos,
guarda en sus entrañas
los silbidos dormidos del tren;
y tus pies reposan donde las quebradas se abrazan
junto al Hotel Agua Blanca,
monumento donde la arquitectura
aprendió a conversar con el paisaje.
Tu columna vertebral
es una montaña.
Por su espinazo legendario
trepa el Camino de la Miel, la Sal y las Ollas,
esa arteria milenaria
por donde dialogaron los muiscas,
los guanes y los opones,
tejiendo con sus pasos
la primera geografía del encuentro.
Por allí pasaron los
Comuneros,
y José Antonio Galán,
como un relámpago de dignidad,
encendió la rebeldía de los humildes.
Por allí cabalgaron también
Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander,
dejando sobre el polvo
las herraduras luminosas de la libertad.
Tus bosques guardan
secretos de siglos;
tus piedras conocen nombres olvidados;
tus senderos conversan con la luna;
y tus amaneceres tienen el color
de las banderas que jamás se rindieron.
Chepe, el artesano,
extrae del bejuco la música de las manos.
Sus canastos son nidos de paciencia,
catedrales humildes donde habita el campo.
Cada hebra parece un poema tejido
por las raíces invisibles de la montaña.
Y están tus
almojábanas,
redondas como pequeños soles campesinos;
tus amasijos,
que perfuman los caminos con aroma de infancia;
y tus quesos de hoja,
lunas blancas envueltas en la ternura
de quienes aprendieron a convertir la leche
en memoria familiar.
Tienes dos templos,
como si una sola fe no bastara
para contener la grandeza de tu espíritu.
Y cuando las campanas repican,
las colinas responden con ecos antiguos
que atraviesan los siglos.
En tu seno nació
Nauro Torres Quintero,
hijo de estas montañas,
peregrino de las palabras,
quien encontró en los manantiales de tu paisaje
la tinta para escribir sus versos.
Si otros levantan monumentos de piedra,
él levanta monumentos de poesía;
si otros siembran semillas,
él siembra metáforas
en los surcos fértiles de la memoria.
Eres un poema,
Jarantivá.
Poema de agua y
montaña.
Poema de historia y camino.
Poema de campanas y trenes.
Poema de canastos, amasijos y almojábanas.
Poema donde los
páramos sueñan,
donde las quebradas cantan,
donde la libertad cabalga,
y donde la palabra florece
como un árbol eterno bajo el cielo.
Por eso, cuando el
sol se inclina
sobre tus montes sagrados,
la tarde abre un libro invisible
y el horizonte escribe lentamente:
"Aquí vive
Jarantivá,
la vereda que parece una persona,
pero que en realidad es un poema."
Ecoposada La Margarita, Vereda Jarantivá.
Puente Nacional.
DRA: Nauro Torres Quintero
Mi querido amigo y compañero de letras, Nauro Torres Quintero:
ResponderEliminarLa grandeza de este poema reside en su capacidad para transformar un espacio geográfico en un cuerpo vivo. Desde el primer verso rompes la mirada convencional del paisaje al afirmar que la vereda no es únicamente un lugar, sino una mujer tendida sobre la tierra. Esa personificación no constituye un simple recurso literario; se convierte en la clave que sostiene toda la composición y permite al lector recorrer el territorio como si estuviera contemplando una presencia humana.
A partir de esa imagen inicial, el poema desarrolla una geografía profundamente simbólica. La capilla deja de ser un edificio para convertirse en un rostro donde conviven la piedra y la oración; la antigua estación ferroviaria adquiere la condición de ombligo de los caminos, como si toda la memoria del lugar continuara respirando entre sus muros. De ese modo, cada elemento del paisaje deja de ser una referencia física para transformarse en un fragmento de identidad.
Me parece especialmente logrado el modo en que conviertes la memoria en parte inseparable del territorio. Los silbidos dormidos del tren evocan un tiempo que ya no está presente, pero cuya huella continúa habitando el silencio. Es una imagen cargada de nostalgia, aunque nunca cae en el sentimentalismo, porque la evocación nace de la propia fuerza poética del paisaje.
Otro de los grandes aciertos del texto es la naturalidad con la que integras arquitectura y naturaleza. El Hotel Agua Blanca no aparece descrito únicamente como una construcción emblemática; afirmas que allí "la arquitectura aprendió a conversar con el paisaje", una expresión de enorme belleza que sugiere armonía en lugar de dominio. Esa idea enriquece el poema porque convierte el espacio construido por el ser humano en un elemento capaz de dialogar respetuosamente con su entorno.
La brevedad de la composición juega también a su favor. No necesitas extenderte para despertar imágenes muy poderosas. Cada verso parece cuidadosamente medido para que ninguna palabra resulte superflua. Esa economía expresiva permite que el lector complete con su propia sensibilidad aquello que el poema apenas insinúa, aumentando así su capacidad evocadora.
Más allá de la descripción concreta de un lugar, la composición propone una reflexión muy interesante sobre el vínculo entre las personas y la tierra que habitan. El paisaje deja de entenderse como un escenario exterior para convertirse en un organismo lleno de memoria, de historia y de emociones compartidas. Esa mirada humaniza el territorio y, al mismo tiempo, recuerda que también nosotros llevamos grabados en nuestra identidad los lugares que nos han construido.
Nauro, has escrito un poema donde la geografía se transforma en un ser vivo y donde cada rincón adquiere un significado que trasciende su apariencia material. Con muy pocos versos consigues levantar un mapa de la memoria, demostrando que la verdadera poesía no siempre necesita grandes desarrollos cuando cada imagen posee la fuerza suficiente para permanecer en la imaginación del lector.
🖋️ Santiago García
Escritor y crítico literario
Salamanca, 22 de julio de 2026